14 de julio de 2007

CXCIII.- Vueltas al Sol


Me gusta decir que le he dado 52 vueltas al sol. Comencé a darlas el verano de 1972, cuando mi madre descubrió, desafortunadamente, que la T de cobre era puro cuento y, felizmente, que yo vivía en su vientre. El 18 de octubre es poco memorable. Si se tiene en cuenta que ese día murió Ortega, en 1955, o Thomas Alva Edison, en 1931; que nació Martina Navratilova, en 1956, o Isabel Allende, en 1942, parece ser un día sin mayores consecuencias prácticas. Pero es claramente memorable, si se considera que en 1904 comenzó, oficialmente, la famosa “mediterraneidad boliviana" y que en Chile todo parece haber cambiado desde 2019. 

Soy el segundo de cuatro hermanos, ninguno de los cuales fue esperado, ni menos deseado. Pero mi vieja los parió a todos. De hecho, interrumpió sus estudios en el Pedagógico de Playa Ancha –donde había conocido a mi viejo- y se casó con él en 1969, para parir en regla a mi hermana mayor que, luego de nacida, en mayo de 1970, vio que toda la parentela se trasladaba a Iquique, siguiendo el sueño de mi abuelo materno, Julio Arriagada Riquelme, químico de profesión y cantante frustrado de tonadas, que había sido nombrado para un cargo ejecutivo en CORPESCA. En mi familia siempre oí decir que mi abuelo era descendiente de O’Higgins. La Goga, incluso, esperaba recibir una improbable herencia merced a tal prosapia, respecto de cuya efectividad insistía, considerando el segundo apellido de su marido, el hecho de que había nacido en Chillán Viejo en 1918 -cien años después de la Independencia- y que, para colmo, había visto la luz el 20 de agosto, un día ciertamente memorable.

Nací en medio de un paro nacional, pero debí haber provocado la alegría de mi padre, que entonces hacía clases en la sede iquiqueña de la Universidad de Chile y estaba a punto de convertirse en Secretario Regional del Frente de Trabajadores Revolucionarios de Tarapacá, o algo así. No alcancé a darle mi primera vuelta al sol cuando dejó abruptamente de ser el Secretario Regional de tan revolucionario frente. No recuerdo, naturalmente, lo que pasó una mañana de diciembre de 1973, pero me han contado que unos militares fueron a buscarlo a la casa y se lo llevaron, al cabo de unos días, a Pisagua, histórica caleta de pescadores donde pasó casi un año. Allí estuvo a cargo de varias actividades artísticas, fue salvajemente torturado y conoció a quienes iban a convertirse, con los años, en amigos entrañables para el resto de su vida.

A mediados de 1974, fue condenado en un Consejo de Guerra como autor del delito de porte de arma de fuego. Debíamos, entonces, volver. Estuvo relegado en Casablanca durante un año, parece. Cuando mi padre terminó de cumplir la pena, mi madre llevaba en su vientre a mi mejor amigo, Camilo Aravena. Con él allí y con el resto de la familia, volvimos a Iquique en 1975.

Llegamos a una casa blanca, hermosa y grande, en la calle Riquelme, donde vivían mis abuelos. Es la primera de la que tengo memoria. Don Julio Arriagada había jubilado por esos años. Dos hemorragias cerebrales le provocaron una hemiplejia tan severa que, desde entonces, sólo mi abuela le entendía lo que decía. Yo a veces le entendía algo, pero casi nada.

Iquique está unido a mí como la raíz al tallo, y siempre -indefectiblemente- vuelvo a reconocer en mis sueños las calles ardientes, las barandas oxidadas, los arenales infinitos y la eterna camanchaca bajo el sol. Al compás de cada melódica emoción, reviven preñando mis ojos cerrados cientos de niños que corren junto a mí detrás de una negra pelota de fútbol. Y así, recuerdo, por ejemplo, que todas las empresas, todos los colegios, todas las pesqueras, preparaban su carro alegórico a comienzos de diciembre; y montaban un navideño espectáculo sincrético sobre un cohete, alrededor del galeón, o simplemente de pie, donde se instalaba en una tarima, megáfono en mano, el viejo pascuero que pronunciaba una bendición navideña pop, de parte del sindicato. Los mismos niños que vienen gritando dentro de mis lágrimas, olvidan por un segundo el balón en medio de la cancha, y se van detrás de la huella luminosa de los caramelos dibujados cual hilera de migajas doradas sobre el pavimento: la estela que seguía al barco pirata donde el gordo patrón de pesca se alejaba sufriendo el horroroso calor de su nórdico y absurdo traje rojo con mangas de algodón.

Una mañana sentí que mi viejo me llamaba desde el otro lado del pasillo. Algo pasaba. Cuando llegué a la puerta, estaba esperándome el viejo pascuero del Polo Sur. Lloré desconsoladamente porque sabía que detrás de esa barba de nylon, y bajo ese Traje Zofri, estaba Máximo; porque no quería confirmar que realmente era un fraude, no él, sino todo. Porque no quería dejar de creer, me llenó de lágrimas la cara el horror. Debí haber provocado pavor en Máximo, que puso el regalo en mis manos, creyendo que con eso convertiría mágicamente el desconsuelo en risas. Es curioso cómo el miedoso escepticismo de los niños, se refleja en los adultos como ingenua credulidad. Pero mi llanto de horror se perdió hasta el final del pasillo y, junto a mi llanto, me perdí.


Entré a la pieza de la Delia. Había una fragancia de puta, como decía el papá. Una cortina de seda barata, separaba oscuros ámbitos inconclusos de otros más oscuros. Pero tenían el mismo fragor rosado, donde la Delia se recostaba como elefanta caprichosa, atrevida; mujer.


Siempre volví a soñar caminando por aquel pasillo, metiéndome a sus piezas, en que dormía Eduardo con la Sonia, y en que el Manuel José Provoste golpeaba la meza con el cacho de cuero, miraba a todo el ancho del mundo y, al cabo, posaba su ademán en mi padre: "Yo te digo a ti: dos cuadras".

Una noche desperté con el viento de mi sueño agitado. Me levanté y descubrí que venía Alguien; que venía siguiéndome Alguien; que sus pisadas se oían imperturbablemente viniendo; que hiciese lo que fuese y fuese donde quisiese, me alcanzaría por fin. Corrí hinchando mi corazón de viento miedo, y me fui hasta el patio. Había un pimiento gigante, un jardín de gladiolos y una pieza al fondo. La puerta estaba abierta. Si entraba y la cerraba, antes de que entrase Alguien, estaba a salvo. Pero no había caso: aunque cerrase y me escondiese en un lugar imposible, dentro de la pieza cerrada, Alguien llegaba para atraparme. La muerte detrás de la puerta, que siempre me alcanzaría.

Para evitarlo todo, había que cerrar con fuerza los ojos y pensar en la nada nocturna que esa fuerza llevaba dentro. Y al cabo desperté. Don Julio roncaba con la boca abierta. La Goga me daba la espalda. Miré el reloj. Traté de dormir, pero seguí mirándolo todo. Sabía que si me dormía otra vez, Alguien me estaría esperando.

Pues bien, una mañana de 1976, salí de la hermosa casa de Riquelme, peinado y muy bien vestido, con destino incierto. Luego de algunas horas, todo el mundo corría desesperado sin saber qué hacer: “¿Dónde se habrá ido Pedrito?” Mi padre no quería llamar a Carabineros y prefirió salir a buscarme a la calle. Pero, tal como Papelucho, no estaba perdido en ningún caso. Mi hermana mayor me había visto, al fin: “¡El Pedrito está saliendo en la tele!”, gritó. Y era cierto. Caminando había llegado hasta una vieja casona de la calle Baquedano desde donde se emitía, por aquellos años, la señal de televisión de la Universidad del Norte. Entré al canal, caminé por un pasillo gigante y me metí en un estudio pequeño y oscuro donde se grababa el “Show de Pipo”, un payaso definitivamente carismático que me incluyó en el programa, jugó conmigo y se preguntaba, frente a las pantallas, de dónde había salido este pecoso. Mi padre, que llegó al “Canal 12” al poco rato, para rescatar a su pecoso que no quería volver a la casa, fue contratado un mes después como ejecutivo de publicidad para la Corporación de Televisión de la Universidad del Norte.

Al año siguiente nació mi hermana menor y se completó la familia. Al menos, desde entonces, mi madre descubrió que las pastillas eran un método anticonceptivo plenamente seguro.

El 28 de junio de 1978 había que despertar como a las cinco de la mañana: Martín Vargas disputaría el título mundial, al otro lado del mundo, contra Yoko Gushiken, el campeón de la categoría mosca. El reloj sonó a las cinco de la mañana. Carcuro gritaba como nunca. Vargas se mostraba nervioso. Fue noqueado en los primeros rounds, si no en el primero. A las 6 de la mañana ya estaba durmiendo de nuevo.

Esa misma noche atropellaron al Blacky frente al Nepe. La Yeye me contó. Fue injusto. Nunca supe quién lo mató ni tampoco dónde lo enterraron.

Tres meses después, el recuerdo del Blacky había sido borrado definitivamente por la llegada de la Sindy. Por esos días celebré mi cumpleaños. Mi papá me regaló un carné de socio de Deportes Iquique. Llegaron el Raúl, su hermano Marcelo y otros varios amigos de la época. Yo había invitado al Moisés, pero no fue.

Ya en esa época, íbamos con mis padres y Eduardo al estadio, todos los domingos. El Club de Deportes Iquique, fundado el 21 de mayo de ese año, a partir de un equipo amateur cuyo nombre no recuerdo, había ganado el campeonato de segunda división 1978 sin perder ni un solo partido en casa.
En sus primeros años en Primera División, el equipo estuvo a punto de descender. Recuerdo vívidamente una liguilla de promoción, que se disputó completa en el Estadio Municipal. Los dragones jugaron con La Serena el último encuentro: un partido inmenso, que empataron a un gol. Torino empató a cinco minutos del final con un tiro libre desde casi 40 metros. Los mismos jugadores de Deportes Iquique lo felicitaban en volandas, cuando todo había concluido. Su gol, su empate, había permitido que La Serena -y no Aviación- accediera al fútbol de honor y que Iquique no bajara a segunda.

Mi padre tuvo mucho éxito en el canal 12. Se convirtió en algo así como un asistente de producción y participó en programas excelentes. Recuerdo muy bien el montaje televisivo que hizo el canal 12 de Jesucristo Superestrella, la Opera Rock que, en su versión en español, se grabó en un pueblo perdido de la pampa del Tamarugal, cuyo nombre no recuerdo. Desde entonces, este marxista y ateo, que de ateo tenía poco y de marxista menos, acaso inconscientemente, comenzó a inculcarme el conocimiento de la persona de Cristo. Un Cristo personal, naturalmente, como el que le sirve a muchos hombres sin fe para decir humildemente que son cristianos, simplemente porque se imaginan que Jesús de Nazaret era un buen chato. Años después, escribí lleno de convicción la memoria con que me gradué de Licenciado en Ciencias Jurídicas, y que llevó por título: “La censura en Chile del Filme La Última Tentación de Cristo". 

El Nono hizo de mí el protagonista de varios segmentos publicitarios. Será siempre inolvidable para mucha gente el spot dedicado a la creación de la Villa Magisterio, en la zona sur de Iquique. Era un breve cuadro donde estaba yo, dibujando una casa sentado en el comedor y, frente a mí, un tipo de barba que fingía ser mi papá. De pronto, miro al sujeto y le digo: "Papá, ¿cuando vamos a tener una casa propia, para poder vivir allí tranquilos, sin tener que pagar arriendo para siempre?". El tipo nunca me respondió. En ese momento comenzaba la invitación para todos los profesores a participar en el subsidio y cumplir el sueño de la casa propia. El caso es que todo el mundo en Iquique vio ese comercial. Y al poco tiempo, descubrí que en la calle me reconocían, que en el colegio se reían de mí, y que los niños sabían muy bien quién era yo, antes de saber mi nombre. Y cuando iba en el colectivo, asomado a la ventana, desde la vereda me gritaban: "¡Buena, Casa Propia!". Y los niños que volvían de la calle, con los caramelos en sus manos y la boca azucarada, me miraban preguntándose: "¿Por qué nunca persigues al viejo pascuero, Casa Propia?". Desde entonces, en Iquique siempre fui el Casa Propia. Es el apodo más extraño de todos los tiempos, pero incluso hoy, si me encuentro con los que entonces jugaban a la pelota conmigo, me dirán: "¡Avísale, puh, Casa Propia!". El Casa Propia.

Durante mi niñez recuerdo haber salido de paseo a la playa muchísimas veces. Al sur de Iquique hay un extenso litoral inexplorado, lleno de radas y balnearios increíbles, algunos de muy difícil acceso. Perdido entre la roca, muchas veces acompañaba al único hijo varón de Don Julio Arriagada, mi tío Eduardo, y a mi padre, cada vez que salían a pescar. Siendo niño, en ese entonces, a fines de los 80, descubrí que me encantaba soñar despierto mil historias en las que siempre era el imbatible héroe melancólico que triunfa. Recorrí varias veces la negra y solitaria ballenera abandonada, lleno de pensamientos insostenibles, callado bajo el sol, mientras mi padre se las daba de pescador consumado.

Indefectiblemente, volvía de esos paseos a mi casa quemado hasta los pies, insolado y sufriendo mi propia imprevisión de piel blanca. Cierta vez, en Playa Blanca, partió conmigo y con un chope en la mano, mi viejo, que se metió entre unas rocas por donde la ola implacable reventaba bulliciosa. Volvimos felices con dos sacos llenos de lo que mi padre creía eran lapas. ¡Un festín nos esperaba esa noche! Pero al llegar a las carpas, descubrió triste y desconsolado, en medio de las burlas familiares, que los dos sacos estaban llenos de apretadores, unos incomibles invertebrados prehistóricos que no sirven ni de carnada. Finalmente volvimos a la casa, sin moluscos ni pescados, pero yo iba feliz como niño de teta y quemado como pancora.

La Sindy tuvo 6 hijos. El más divertido era el Idiota, que refunfuñaba solo, con los ojos cerrados, buscando a tientas la teta peluda, abierto el hocico rosado. No recuerdo cómo ni donde murió la Sindy, porque a fines de año, partimos una mañana, en dos autos.

Nos fuimos nuevamente, en 1981, esta vez a Santiago, siguiendo mi padre la incierta promesa de trabajar como jefe de publicidad en el canal de la Universidad Católica de Valparaíso. Su sueño se frustró muy pronto y vivimos así, todos, la cruda carga de su cesantía durante todo ese año inolvidable. De esa época son mis primeros recuerdos de vendedor de chilenitos, en Nuñoa. Recorría todos los edificios del barrio donde vivíamos, cerca del Estadio Nacional, llevando una bandeja llena de unos pasteles deliciosos, hechos con hoja fina, rellenos de manjar almibarado con ron y cubiertos del betún que sólo mi madre sabía preparar, y cuya receta había aprendido de una tía, durante el año de relegación que mi padre sufrió en Casablanca. Dejaba con cuidado los pasteles en el suelo y golpeaba. Antes que la gente, temerosa -en esos años-, abriera la puerta de sus departamentos, me agachaba, tomaba la bandeja y decía: "¿Quiere vender pasteles?".

Mi viejo era el gerente de esa incipiente empresa pastelera: controlaba los gastos, conseguía el manjar a precio de costo (no sé cómo) y ofrecía los chilenitos en tiendas y mercados.

Cuando volvimos a Iquique, a fines del 81, seguimos con la pastelería, que poco a poco llegó a desarrollarse muy bien. Por ejemplo, me correspondía, como socio y ejecutivo, todas las mañanas, a primera hora ir a dejar una bandeja de pasteles al Mercado, donde un infame locatario compraba chilenitos todos los días, para venderlos en su puesto de jugos naturales. Recuerdo que seguía siempre el mismo trayecto, todas las mañanas, por calle Gorostiaga.

El mismo camino debía recorrer al mediodía para ir a mi escuela. En medio de la infausta caminata, bajo el inclemente sol del desierto, me topaba con mi hermano Camilo. Era el principal evento diario y el más emocionante: un solo y largo saludo con la mano en alto nos unía emocionados, desde que nos veíamos a los lejos y hasta que nos perdíamos de vista, él corriendo a la casa y yo camino al colegio. Nunca lo olvidé.

Tampoco olvidaré mi primera biblioteca. Escondía ordenadamente los libros en un pequeño aparador que había en la pieza que compartía con mis dos hermanos menores, en ese departamento del barrio El Morro. Había allí una colección inconclusa de libros de historia de la humanidad, contada al estilo de un cómic, a todo color y con ilustraciones sorprendentes, que me había comprado, capítulo por capítulo, la hija mayor de Don Julio Arriagada, mi amada tía Paty. También tenía una colección completa de Papeluchos y varios otros libros que mi viejo se llevaba sin pagar desde una tienda de libros usados que funcionaba en la Feria Persa de calle Vivar. Nos metíamos en los pasillos de ese increíble y oscuro negocio de libros, buscando cualquier cosa maravillosa y, cuando luego de casi una hora mi padre terminaba su recorrido, compraba un par de libros intrascendentes y me decía: “Ya, vamos, guatón”. Volvíamos a la casa caminado y de pronto, para calmar mi angustia y la pena de no tener otro libro más, sacaba desde su bolsillo algún encantador breviario o algún libro prodigioso, que me entregaba feliz para aumentar la colección de libros sustraídos.

De ahí viene seguramente mi gusto morboso por los libros, por tener libros y por guardarlos ordenados, en impoluta serie dentro de los estantes de mi pobreza. La historia antigua me fascinaba y tuve muchos libros de historia desde esa época.

Con pocas monedas en los bolsillos, mis padres apenas alcanzaban a mantener la casa, siempre con deudas, aunque nunca viví una real miseria, salvo en lo que toca a mi infinita necesidad de tener libros. Uno, en particular, me interesaba como nada: el “Cosmos”, un libro basado en la serie de Televisión del mismo nombre, transmitida a principios de los 80 por el canal 12, durante la “Franja Cultural” de los jueves. Tan maravillado quedé con esa serie, que cuando supe que existía un libro basado en ella, escrito por el mismo Carl Sagan que la protagonizaba, al entrar por casualidad en una tienda de libros nuevos, frente a la Plaza Prat, me llené de júbilo, alegría infinita que duró sólo el par de minutos que me tomó preguntar el precio. $8.500: una cifra exorbitante en ese entonces. Cuatro años estuve pidiéndole a mi padre lo mismo: “Cómprame el Cosmos”. Finalmente el entusiasmo se perdió, pero nunca lo olvidé.

Yo salía a vender los chilenitos en los edificios de la Remodelación El Morro. Salía en la tarde, con la misma bandeja plateada llena de pasteles, desde el departamento 402 del Block B-12 y recorría los edificios de cinco pisos que rodearon mi niñez hasta el año 87. Cuando lograba venderlos todos, volvía al departamento feliz y, para que mi vieja lo supiera, me golpeaba la cabeza con la bandeja, provocando un estruendoso zumbido de gong que mi madre oía desde el balcón. Se asomaba y me veía correr camino a la casa, con los bolsillos repletos de monedas de cien pesos.


Una clara tarde del 18 de octubre de 1986, volvía yo de la Academia y me encontré con mi viejo en la casa: “Guatón, no vamos a poder celebrar el cumpleaños, porque no hay plata, a menos que alcances a vender esos pasteles”. Con horror, descubrí que la “bandeja gong” estaba otra vez encima de la mesa; que sobre ella, como siempre, había una cubierta plateada; que adentro me esperaban varias bolsas llenas, cada una con cinco de esos blancos y deliciosos chilenitos –“cuarenta no más”, según el Gerente- y que debía salir a venderlos, para celebrar como correspondía mi vuelta número 14 al sol desde que nací. Triste y desconsolado, le di una patada a la puerta de la pieza y me tiré en la cama; me paré, en silencio; miré mis libros hermosos y me dije: “Ya, qué tanto”. Salí de la pieza para ir, resignado, a vender los pasteles. Llegué al comedor y, para calcular el tiempo que me tomaría la pega, pregunté “¿Cuantos son?” Nadie respondió. Levanté la tapa plateada y no pude contener un grito de asombro increíble: “¡EL COSMOS!".


Todavía tengo en mi casa ese libro que marcó mi vida. Lo he leído infinitas veces. De hecho, no estuve un segundo en la mesa de mi cumpleaños, sino sólo en la cama leyendo el libro. Mis papás, esa misma noche, salieron a un tambo que había en la sede del AGPIA y, cuando volvieron, a las 4 de la mañana, me encontraron despierto, mirando la Gran Mancha Roja del planeta Júpiter. ¡Una tormenta de 1000 años de antigüedad, dentro de la cual podría caber la tierra 10 veces! Nunca fui tan feliz, como esa noche.


Seguí vendiendo pasteles hasta el año en que salí del colegio. ¿Éramos realmente pobres? Mi padre se escondía de los cobradores que llegaban a la casa y no tuvo un trabajo estable sino hasta fines de la década, cuando fue contratado por una ONG que se dedicaba a coordinar la organización sindical de los pescadores de Tarapacá, o algo así. Por esa misma época, mi madre fue contratada como administradora de una Disco y de una hostería hermosa que quedaba cerca de la playa Primeras Piedras. Hasta entonces, la plata siempre escaseó y me avergonzó mucho la pobreza que creía vivir. Cuando mis compañeros de la Academia supieron que esos deliciosos chilenitos que comían durante los recreos, los llevaba yo al colegio por la mañana y los fabricaba mi madre, sólo quería ser tragado por el mar. Ahora estoy orgulloso de esa magnífica pobreza adolescente que nunca olvidaré y que era magnífica riqueza. Nunca fuimos realmente pobres. Pero yo creía vivir cada día una miseria que no era tal. Quién sabe.
Estudié prácticamente todos mis años de colegio en un establecimiento que entonces había sido recién fundado. Llevaba al principio el rimbombante nombre de “Academia Superior de Estudios Iquique”, pero luego de un quiebre entre sus sostenedores, fue rebautizado simplemente como Liceo Academia Iquique. Todos, sin embargo, lo conocieron siempre como “La Academia”. Del colegio demasiados buenos recuerdos no tengo. Salvo la vez que participé como invitado en un concurso francés de la canción juvenil. “L’air du Temps”, parece que se llamaba. Canté en el escenario del Liceo María Auxiliadora, una canción de Edith Piaff, con la voz clara y ferviente de mi niñez. Desde entonces, nunca dejé de cantar.


Con mi hermano hacíamos largas colas para subir al Experimental Baviera y a un cohete sesentero, que llevaba algo así como una docena de pasajeros, y que era parte de una feria de atracciones mecánicas que todos los inviernos se instalaba en la extensa explanaba abandonada donde alguna vez estuvo el Aeropuerto de Cavancha. Los que lograban entrar, veían bajo una pantalla, que pretendía ser la ventana del frente, al capitán de espaldas y delante de él un set de controles pintado brillando, y a través de ella, transparencia ficticia, el universo aventurero de un superastronauta. Nunca nos subimos. La fila para entrar era muy larga. "Toa' la hora que están ahí", decía un mariconcito que esperaba delante de nosotros.

La Delia vendía entradas en unos kioscos minúsculos, unas casuchas de lata, cuadrada, hecha de una suerte de calaminas. Desde cada esquina del kiosco, y hacia cuatro direcciones diagonales, colgaban unos cordeles con raras guirnaldas y un enchufe negro hasta el farol. Nos entregaba las entradas gratis para ciertos juegos. Era todo un secreto.

Había tenido un hijo con un carnicero. La Goga nos mandaba a hablar con él, para que le cambiara un cheque del Papi, que se pagaba con la pensión, a fin de mes. Con esa plata mi abuela mantenía la alegría familiar, el alcoholismo de sus prójimos y el suyo propio.

Si entraba a la cocina, preguntaba qué había de almuerzo. "Caca", respondía la Delia. "Pero, yaaa, puh", decía yo. "Qué hay de almueeeerzo, puh! Tengo hambre!"

-Levanta la pata y chúpate el fiambre.

Cuando salí de la cocina, me encontré con el Papi, que iba a su pieza. Siempre callado, siempre su lento caminar silente, huido de su propio silencio y queriendo decir tantas cosas.

En su pieza había un teléfono negro, cuyo ring provenía de un espacio inexistente, que yo imaginaba en un cerro, y que nunca pude responder.

Recuerdo el paseo que organizó La Academia al cerro Alto Molle, con el inalcanzable fin de ver claramente el cometa Halley, que nos visitó en marzo de 1986. No vi ningún maldito cometa y todo fue un soberano fiasco. Pero pasamos la noche en la pampa y cuando desperté, descubrí, para mi mal, que algo comido o bebido me había sentado pésimo y me revolcaba en la arena de dolor. Intenté disimularlo, me puse de pie y partí de vuelta a Iquique. A poco andar, me separé de la caravana de fracasados viajeros astronómicos y me fui siguiendo, desesperado, la cima del Cerro Dragón. Pero no aguanté y me cagué entero, triste y solo, de pie en el lomo del dragón cubierto de arena, sin dejar de caminar y mirando a lo lejos al grupo de dichosos compañeros que bajaban en fila india por la línea del antiguo tren del salitre. Cuando llegué a mi casa, mi vieja me preguntó si había pisado mierda. Guardé un respetuoso silencio y me metí al baño.

En 1990 entré a estudiar Derecho en la Universidad de Valparaíso. De esa época tengo aun menos recuerdos hermosos. Fue, derechamente, un período muy difícil en mi vida. Nunca me adapté a la vida universitaria y la gente de mi escuela me parecía, en su gran mayoría, sólo un grupo de fascistas insolentes y clasistas, varios de la peor calaña. Egresé en 1996, sin vocación, sin consuelo y sin amor.

Naturalmente, cagadas como la del cometa Halley me mandé siempre, durante toda mi vida. Incluso en esa época, siendo pasajero de la línea uno del metro, me cagué hasta los zapatos, cuando como un náufrago tonto huía de la casa de la Marcia, mi tía de Vitacura, que por enésima vez me daba generoso hospedaje. Esta vez, a fines de 1996, pasé tres meses allí, en inútil sabatismo inconcluso, justo después de egresar. Vivía en una pieza pequeña de madera que estaba al fondo del patio. Frente a la cama, había un retrato autografiado de cuerpo entero del General Pinochet vestido de gala. Cuando Valparaíso me llenó nuevamente el corazón abandonado y no aguanté más la soledad y la modorra, metí mi ropa en un bolso, tomé una vieja guitarra de madera que no sé a quien le sustraje alguna vez, me metí a la cocina y abrí el refrigerador. De allí saqué una botella de jugo de naranja y una caja de leche con chocolate. Me serví un vaso de jugo y lo bebí de un trago. Después llené el mismo vaso con la leche, me la tomé y partí. Tomé el metro en la estación Escuela Militar y cuando iba en Baquedano comencé a sentir los mismos retorcijones de la pampa. En Moneda no aguantaba más. Antes de llegar a la estación Los Héroes me rendí y volví a sentir ese conocido aroma de mis años mozos. Me bajé y, caminando por la vereda norte de la Alameda como caminan todos los recién cagados, llegué hasta el baño sin ducha que había en una farmacia cercana. Estuve una hora dentro tratando de lavarme. Finalmente, salí con ropa limpia, con mi bolso hediondo a caca, mi guitarra al hombro y mis bolsos, y partí a Valparaíso, donde me esperaba una nueva vida de rockero.

Sin ningún interés por terminar la carrera y dedicado plenamente a la música, formé parte de varios grupos de Rock en Valparaíso y Viña del Mar. Llegué a cantar sobre muchos escenarios importantes: en la sala de la Sociedad Nacional del Derecho de Autor, que estaba entonces en la calle Santa Filomena, de Bellavista. También canté en la Sebastiana y en el antiguo Cine Valparaíso, frente a la Plaza Victoria. Pisé varios otros históricos escenarios chilenos, con el sueño de convertirme en un cantautor famoso, o al menos en un poeta. Escribí muchas canciones en esa época, pero de música sabía poco. Soy zurdo y poco metódico, de modo que nunca aprendí bien a interpretar otro instrumento que no fuera mi voz, la armónica, el triángulo y las maracas.

Pudo haber sido ese quizá mi destino y, aunque me casé a fines del siglo pasado, no he dejado de escribir, ni de cantar, ni de leer, ni de soñar como lo hacía en la ballenera abandonada de mi niñez.

11 de julio de 2007

CXCII.- Cuculicor


Su aliento lóbrego y mentir felicidad
me va alegrando lentamente en solitario,
con aguardiente y fino almizcle de endulzar:
yo tomo varios.

Hay algo raro que es herida en mí:
la nata amarga que arrastré junto a la playa,
su etil amigo que simula una estulticia
y sólo calla.

La cruz borracha se asemeja tanto al óptimo,
a la señal completa y clara de la dicha,
y en algo cierto se parece al barco mar
desde la orilla.

Parimasdé ciento noventa fuegos que
lloré, y sentí su nudo ciego en la garganta:
ya tienen música, pandero y bailaré,
si nadie canta.

10 de julio de 2007

CXCI.- Caprichosa Luna Piel Lluviosa



La bendita trepadora
tiene lámina y pincel,
constelada, cariñosa,
surca añosa nube o riel.

Novedosa cosa rosa
que transita en un papel
linfamente, atentamente,
provechosa cuna miel.

Oropel que gira y pausa,
llora y poda al ovular:
la bonita moradora
de una cámara biliar.

CXC.- Alto y Maravilloso


Lástima de larga la pereza,
cual extensa paranoia coliflor,
su conciliábulo mezquino y mediocre
es la vida, la vergüenza y la purita mano Dios.

Donde el ámbito me apunta perentorio
y terminante con su dedo acusador,
ahora llueven los infames en el tríptico candor
perenne.

Evítame, mujer, que soy inicuo,
que soy inocuo mal portento de la dura terquedad,
que como jaibas
y pido lágrimas por Él y por el aura Redentor.

¡Verrugas!

La mota rota que se nota desde lejos,
leproso sátiro andrajoso y canto bien:
como la anémona rojiza coliforme,
pues soy el críptico portento de la nueva militar.

4 de julio de 2007

CLXXXIX.- Concuerda con el ímpetu


Sánscrita mampara de la pílora galáctica,
comba portentosa que libélula purén.
Dórica estertórea capuchina colorinche
llena de aromático Quirino Lemachéz.

Ruca tu cahuín amaneradamente pérgola,
vástago de furibunda máquina feliz.
Blástula percance que en amígdala no Fátima.
Turuleca mármola violeta parracial.

Cartilaginosamente lúrica piragua luz,
pompa en amasijo de compáralo mejor.
Llévalo aromático de pirenaico lóquito:
jalapeña básica menina picaflor.

CLXXXVIII.- Repentino Bergantín Cucarro



Ya no hay vida ni viento o velero
que me eleve: soy mal volantín
con un hilo que llega a tus manos,
sangro y duelo aferrándome a ti.

Que el siniestro me ahogue sin llagas,
que un abismo dé paso al cojín,
donde caiga tan vivo y tan suave:
que se olvide la gente de mí.

El amargo disuelto en el agua,
que no duele, me lleva a dormir
y asegura un futuro a mis hijos:
da lo mismo, de pronto me fui.

A la estrella fugaz que, fogata,
deja huella, dispara y el monopatín
me acompaña, callado, a la ingrata
caminata que no tiene fin.

3 de julio de 2007

CLXXXVII.- De consabida fabularia toda libre


Abrupta e inexplicable catarata timidez
de fuego simultáneo y oro languidormido.
Ojo arrepentido que al mirar vacila y es
imperturbable.

Enrojecida horripilar daga señal,
incrusta pálido su mar y se quiebra,
y van amándose en oculta majestad,
echando líquidos, magnánimo, y culebras.

Yo he sido un élitro de vastas palabras:
tú, habilitada para mágicazul.
Mi bienestar, mi algarabía flor eufórica:
tus sentimientos de relajación.

Mi alteración en la noción del tiempo:
tus experiencias sensoriales de luz.
Mi sonrisa buena, fácil y fértil:
tu conmoción en la visión habitual.

Locuacidad para un entorno variable.
El incremento de tu miel banalidad.
El deterioro en mi memoria reciente
y la atención en tu coordinación, mi paz.

Yo nadaré por el océano grande
y abrazaré la profesión identidad.
Tú me serás anfibia grácil y dúctil
y dormiremos para todos los demás.

1 de julio de 2007

CLXXXVI.- Todavía Láctea

En el frío de la noche inmensurable,
un arqueópterix novato que volaba
fue llenando de polvillo la comarca
donde acaba el poderío del sol.

Si tú mueres, buscaré yo, doloroso,
justo allí donde te escondan en la arena
e izaré la negra sábana dormida:
algún día, juro que te encontraré.

Porque bordo lentejuelas de Calisto,
porque atrapo musarañas en plutón,
porque límpiole su fraude a la Titania
y pertenece un halo entero al Oberón.

Llevaré una suave lámpara curiosa
en la bruma estrellada de la vida imposible,
quieta mar desesperada que lucen tus pies,
y es que nunca morirás para mí.

CLXXXV.- Eléboro


La clava y su románica vertiente de locura
es la figura desprovista de pretérito y razón,
de estío en regocijo y jubilosamente pulcra,
se duerme lentamente, y su canícula tiñó.

Quiero cantar allí, desde el fondo de mí,
alborozado teniente, oligofrénico y seré
tonada espeluznante que se oye en los jardines
y fronda abandonada en un encierro sin final.

Soy labriego condolido, bajo el horno atacameño
y destinado a la estulticia, riego arena y alcanfor,
que me ahogaba y destilaba vino fétido fenicio,
que no embriaga ni sacude, pero pronto volveré.

Es remotamente gélido vivir de la pereza
en un sencillo paraíso efervescente y sin lugar,
donde el muérdago sin nombre, se receta libremente
y crecen setas que se cuecen para la felicidad.

29 de junio de 2007

CLXXXIV.- Ébano y Edén



Mama burra y serpiente confianza:
miedo o puma perfume jaguar,
que no fuese admitido en el arca
y ha dejado a la barca zarpar.

Quien ha visto a la mula llorando
y a su negro jinete morder?
La cigüeña de plata no quiere
que la cuide y la salve Noé.

La crianza se lleva en la panza.
La tormenta violenta, después.
Su diluvio requiere paciencia:
un efluvio de nata y niñez.

CLXXXIII.- La pata coja


Desde hace tiempo yo no creo en nada,
no quiero nada: ya no quiero saber
que la antipática de mármol acostada,
la sin espada, se ha dormido en el poder.

Semidesnuda tremebunda deforme,
la mojigata que se cree mujer,
la prostituta que vendó sus ojos
y vendió por una mosca su deber

Y que su libra inmaculada nos acoja,
porque creamos que ha cumplido su papel,
pero no quiere ver la viga ni la paja
y se ha podrido lentamente su merced.

La nula perra se ha escondido impotente
y se acompaña de una corte funeral,
que se ha olvidado de la furia de la gente,
porque a las cuatro de la tarde ya no está.

28 de junio de 2007

CLXXXII.- Plácida Oración Muro Carente


Yo consumí un vestigio avaro, imprudente
que estremecía mi impertérrito y soñé,
buscando allí donde simulan y no hallaba,
no claudicaba y, sin hallarle, amanecí.

Pero confié.
Dejé en sus manos mi alimento y mi piel.
Abandoné por un segundo mi complejabilidad.
La perdoné.

Borré dichoso mis haberes más preciados.
Le pedí cuenta de mis deudas: calculé
que pude haber amado tanto a tantos,
pero no púdelo pagar, y trabajé.

Sentí su mala voluntad apaciguada,
desesperadamente digna y olvidada,
con una simple y pudorosa candidez.

26 de junio de 2007

CLXXXI.- Bueno ya!


Carezco de la forma perfecta.

No me allano simplemente y puede que,
como suele ocurrir en estos casos,
necesitase simplemente, no sé,
de una amable compañía conmigo,
de un bergantín sin nombre nuevo, de un amigo
que si golpease aquí en la puerta, dijese:
"Sigue así, que ya no hay nada que perder".

Y me digné.

Mi acompasado vericueto turgente,
mi lamentable displicente longitudinal y yo,
que no tengo nada dentro y lo recuerdo:
quiero volver a la niñez y sigo aquí,
mirando viento sorprendido la noche,
imaginando papelucho original,
guardando todo tras un baño en el espejo
mi vida niña sol amiga pertinaz.

Yo recuerdo aquella noche en que miré las estrellas
y viví todo el pasado en lo que vi.
Le preguntaba yo a la página siguiente qué venía,
y me decía "viene siempre descubrir
o decidir y concebir la vida nueva
que percutir la noche es águila feliz".

23 de junio de 2007

CLXXX.- Nadie lo sabe


Castillo cántico de luz y claridad:
mi maquinal involuntario mecánico.
Ariete péndulo, colgante suspendido.
Artilugio medieval y oscuridad.

Florido mío tronco viejo inmemorial,
el diferente luminoso paciente
que musical y resignado filoso,
me llueve lágrimas, por él y sollozo.

Son los humores del berilio metal.
Me mira lejos la tonada que deje
todo el final y marginal no concluyente,
allá muy lejos, arqueológico y tonal.

El sencillo viejo niño pipiolo,
fundamental reliquia lógica sin fe:
mi grial ameno molibdeno imprudente,
mi tulipán y tenebroso talar.

Que displicente militante tan dudoso,
y veleidoso, pestilente, tan vulgar
que se perdía todo el día habilidoso:
el más valiente senescente popular.

Maldito cínico que niega su consumo
y que maldito prefería no brillar,
por asignar a cada fálico su cofre
y perseguir al incipiente criminal.

21 de junio de 2007

CLXXIX.- Tambor Lúgubre



Invierno parecido a rieles blancos:
cae la fría gravedad ciega del mar
y se acongoja entumecida
su fatal solemne voz que pide fuego,
que sin abrir la boca llora y su asesina
corrosión hecha verrugas que lastima
al viento sol de la prisión, y los follajes
que no han dejado al niño muerto sin hablar.

Fantasma trino que en la copa del canelo,
clamando ver al menos hojas y conejos
para aplacar su congelada vanidad,
levanta manos primorosas como huesos
y las dirige al infinito umbilical.


20 de junio de 2007

CLXXVIII.- Endimión y su Diana


Ya no tengo inspiración: no hay luces;
no tengo fuego ni camino en el umbral.
Soy el que brilla al caminar silente,
atrabiliario y pertinaz, rural.

Dormida rubí de inseminada carencia
que ha adherido su habitáculo en mí
y me ha privado de esa válvula ventura,
de mi tesón y me ha dejado aquí,
donde hay señores que perciben las cosas
sin esa ingenua posición que yo asumí,
y que obedecen a otro mudo nudo pulso,
hecho de látigo, manteca y café.

Y parecen tan seguros de la próxima jugada,
tan rebosantes de genuina y fina fe,
que he terminado por guardar silencio.
Yo miro al alba y ya no sé qué hacer.

Abrí dichoso aquel día una figura imposible,
hablé descalzo y liberé a la nuez.
Yo fui travieso bandolero rubicundo,
pero se ha henchido en mí su arete pálido azul
y con el sol dejé de ser ameno colibrí:
enamorado y, furibundo, me dormí.

16 de junio de 2007

CLXXVII.- Matilda Madre


Yo necesito un vendaval desesperado,

una amigable despedida sin amor
o una primicia que me cubra enteramente
del festival acongojado y del dolor.

Su gutural espasmo fétido me asombra,
me tala pálido e indefenso deambulé
por la parroquia de la calle que ignoraban,
donde el mendigo abandonado ya murió.

A la niña de mi mente le estimula llorar,
y yo pienso andar alado casi siempre:
que la manzana deja huellas en el contre igual.

Cada paso de su vientre es decidido pilar
y todo cuadro familiar parece fino y decente:
que ha sido simplemente puro cuadro familiar.

14 de junio de 2007

CLXXVI.- Mirasol Coralba


¡Yo digo que mañana siempre es más feliz!
El ingrato se asemeja mucho más al viento;
las miradas que hace rato nada más mordían,
se oscurecen: amanece y todo crece de nuevo.

La fragancia abandonada nos embriaga otra vez;
el influjo de su prisa nos da risa y llama
desde el centro de la cama, la impoluta preñez
que levanto, difumino, y ya veré mañana.

Día médico y ficticio, fraudulento y ranas
que se arrojan al pantano donde nunca más,
con la luz se va la furia y mi dulzura carga
vano polvo de la noche que jamás volverá.

¡Este sol que llega no es el que se acaba de ir!
Otra luna hay en su fuego, pluma y, luego, tambor
cuyo golpe de agua borra toda flora cicatriz:
cantanuncia que mañana viene mucho mejor.

12 de junio de 2007

CLXXV.- Jesucrista



Ellos mismos sin mirarnos altaneros sostenían
bizantinos importantes asuntos:
alternaban libremente sin vergüenza cada día,
en los pasillos, orgullosos de pie.

Ventilaban con pasión amanerada y sin temor
sus lamentables nimiedades, diferencias
que esperaban la llegada de la furia de Dios
disfrazada de estadística y ciencia.

Todos ellos convivían en un ámbito de momias
arropadas con la muerte, en regocijo;
y pasaron tantos años sin hacer de ello mención,
que les juramos obcecada atención.

Imaginábamos que un mundo de quinientas soluciones,
pero raro, cruento, avaro y sombrío,
nos conmovía y no sabíamos si huir o luchar:
nunca hubo sitio dónde exactamente partir.

De pronto una especial aparición del Aire Tierra
visita con furioso eterno cántico, y viene
oscuro un personaje conservado y prodigioso
despedido y olvidado de la Historia General.

Una habitante enamorada de las calmas sencillas,
de si misma, y maloliente nos prestaba atención:
"Que en el centro de mi especie nos miramos y -decía-
toda vida sin futuro pero viva brilló".

Desde entonces observamos los curiosos asuntos:
no había nadie en los pasillos, porque todo acabó.
No había momias arropadas con la muerte en raciocinio,
porque un claro sitio bueno nos amaba sin Dios.

9 de junio de 2007

CLXXIV.- Cuculí Plop

Aquí está otra vezcondido el orondo,
el archivaldo del mezquino lagar,
ese que quiere ser fiscalcahuete
en su fatal insimilar mediocridad.

Su pusilánime vergüenza perezosa,
metiendo su pronombre en el pozo,
sin agallas, lastimero y calato,
mentirosa refunfuña insidiosa,
que me fastidia, memoriza y redunda
con amargo y suculento anonimato.

Dile, tú, melancolía ruidosa,
mi filosa niña fría bajamar,
que me guarde su tesoro en silencio,
que se tome el tiempo mudo leyéndome,
para cerrar caballeroso la boca
o que me olvide, que no está obligado a ver,
ni a escribir, ni a leer, ni a soportarme
y, si le gusta otra manía, que se vaya,
que yo no escribo para casi nadie más.


Porque si quiere lo que quiere, puede postular,
so mariquita molestoso deforme,
con tal que grite para todos su chapita vulgar,
su domicilio, su apellido y su nombre
y le prometo que lo haré feliz,
pero se esconde.

Yo lo medito, lo publico y le contesto,
para que se haga tan famoso como yo,
tan opulento, tan jocoso, tan tuerto,
tan culterano pendejo su castizo rococó,
pero no.

Porque no sabe, no conoce, ni tienta,
cierra vacío su alcornoque en un ancla,
y se sienta
el maldito cobardía noche, en un rincón,
recalado mojigato, su teclado muriendo,
que presume cachiporra cuanto dice mi canción,
sin remotamente nimio saberlo.

8 de junio de 2007

CLXXIII.- El arrullo


Y algún día le podrías responder,
decirle bien, alguna cosa, no sé.
Mas no dejar así a esa rara palta vieja,
que se muele y se consume llorando.

¡Respóndele, maldita sea!
¡Comunícate con él y siéntelo!
Hostígalo una noche diciendo
que su sombra se ha borrado para ti.

El balcón en que desnudos fumaron
va llenándose de plumas de paloma
y de polluelos de paloma muertos.

De negros huevos ciegos de paloma,
de secas cagarrutas olvidadas
y de oscuros nidos pálidos vacíos.

7 de junio de 2007

CLXXII.- Formal y Cortés



Cada nuevo instante de mi vida
es el último y la muerte viene ahí,
dolorida ventolera delirante:
dardo culminante de la suerte que viví.

Navegando conocí el idioma tránsito.
Orbitaba Fobos áspero y senil.
Comandante de centrales de moebio.
Era amigo, cura, médico y candil.

Caprichosa es la ignorancia en vocaciones:
me arrojó pequeño y lánguido hasta aquí.
Desde entonces soy lamento que no oyes.
Desde entonces no he parado de mentir.

Caminante fui poema y fui gorriones,
ayudante de peoneta, me vendí,
reemplacé mil ceniceros y una noche
me marché para no ser lo que no fui.

¿Qué hago ahora entre vosotros los amables?
Bebo solo del rocío en un cubil.
Viajo lejos al planeta de los planes
y aparento que contento canto y fin.

6 de junio de 2007

CLXXI.- Libélula Ferviente


La que niña un día me perteneció,
la que ha nacido para el alma mía,
la que persiste tras el año que pasó.
La que reía.

La calcetina abandonada en mi pieza:
el dibujito que no supe qué hacer.

Fría una mañana
ella desnuda me vio
y caminaba por el aire todavía:
culminaba en mí su día, y fui yo
su melodía.

La gran infanta de la magna realeza,
la que a la postre inclaudicable me fue.

La cobardía.

5 de junio de 2007

CLXX.- Oniricaldo


Vánida bonita me persigue.
Délira confínase a mi tren.
Huyo arrinconado

por el ínfimo balón
y soy hurón:
perseguido comadreja talón.

Férula canícula que ladre.
Sol envejecido prado no.
Líbrame de córalito madre.
Póstuma novena terminó
y se fraguó
el anhídrido molécula vigor.

Seré, y serás filón,
tu peyuco calcetino niño dios,
que penúltimo barítono si péndulo,
el camélido parina tricolor.
Escrutador:
tal cuasimodo aditamento flor.

El orador de los anillos fétidos.
El artemible maravino pichón.
La luna llena de conífera domeico.
El coronel de lo imposible he sido yo.

4 de junio de 2007

CLXIX.- Pudriento


Amigo mío, me equivoco demasiado:
que no sigan mi huella tus pies.
No remedes ni adivines lo que quiero:
si te parezco angelical, no soy así.

Soy el infame vil traidor de la existencia,
la sanguijuela sin honor, el puerco espín,
que se rebela a la maldita imprudencia:
ni en el infierno me querrían recibir.

Yo soy arcano disparejo y mundano,
que sin asunto me acomodo y, ahora bien,
son mis aciertos errores en tus manos:
que no eres digno de plagiar mi inmadurez.

Has de tu vida lo que quieras, no la mía,
que ni yo mismo me hago caso y, al revés,
la suerte me es indiferente melodía:
nunca podrás morir lo mismo que yo.

3 de junio de 2007

CLXVIII.- Piélago Sinfín


Hermosa calma abrupta del infante calamar,
que se desliza,
que busca náufragos
y vuelve anonadado al brillo ingente
numinoso y caminante de la rara fina sal.

Dando sólo pasos como silla en fuga,
en la más impenetrable oscuridad,
sin hallarla.

Un encierro espeluznante,
una vitrina sombría
que nunca dejaré de palpar,
marcando al caminar un pulso
de agonía que jamás se detendrá.

Yo prefiero ser el lado acompasado y fucsia,
porque mustia es la elegancia de la piel:
todo es micro, todo es nado,
todo es ámbito incerteza de penumbras
todo es agua que circunda y va lebrel.

Yo quiero ser el cántico destino,

su fino manto de caduca y de pincel,

su prodigar mi oscuro pálpito vinilo,

su cloroformo de dominio y ser amé.


Y a donde sea que su raya perentoria,
su hielo mágico, me vaya con él.

CLXVII.- ¡No voy a dar nombres!


Terribles realidades
se desnudan
e impactantes revelaciones
no se descartan.

Fuertes campañas
se encabezan
y los últimos preparativos
ya comienzan.

Las agendas de futuro
son la prioridad
pero las cuentas secretas
se descubren.

El informe de la comisión
será contundente
y a la dirigencia
no le temblará la mano.

2 de junio de 2007

CLXVI.- Musicalderón Silencio


Nunca violo nadie malicioso violar
ni eludiendo ley alguna vigente.
Siempre solitario su camino cantar
y ahora sólo como pájaro miente.

Para líos asesinos que no sabe,
no le cuadra ni tenía compás,
pero tuvo ese sabor inconfundible
y el olor de la profunda soledad.

El perico arrepentido que cantó,
el eterno cariñoso penitente,
la perdida y melodiosa solución
para todo herido náufrago valiente.

Es el músico invitado a la fiesta,
el que vive solamente de la gente
aunque nadie lo acompaña ni piensa,
por decirle alguna cosa diferente.

1 de junio de 2007

CLXV.- Todos



Nadie anda descalzo en la plaza
durante el verano:
en las playas se baña la gente
y nadie entona el Himno Nacional.

Nadie quiere ir a los funerales,
ni ha previsto las contingencias,
y se lamentan cuando emerge
nauseabunda la basura sin control.

Nadie deja pasar a las ambulancias,
ni cede el asiento a las señoras
con sus hijos en brazos,
cuando van a trabajar.

Nadie se persigna en el baño,
ni condona los intereses,
ni perfecciona los contratos
ni cumple lo que promete, jamás.

30 de mayo de 2007

CLXIV.- Ridiculizan Sunshine









El maestro que mirando, llora
afirmado en la baranda de popa,
esa estela mar perdida y a la boca,
el consuelo de su vida: una copa.

Hermana, tus palabras cuando llegan a mí:
lo que enteramente ciego desconozco,
sin amigo umbilical ni mal bendigo que salve
a esa vida en un instante insimilar.

Yo querría que la tierra me comiese
o que volviese su bandada al viento,
a donde el águila del horno curso
me llevase hacia el setenta y seis.

Pero perdido en mi delgada aventura,
caminaba lastimero bajo lluvia y cartón,
su filigrana, su morena figura:
todo ha quedado en ataúdes sin flor.

Lo que yo quiero es despertar de pronto,
sin hipoteca ni pituca ni fiaca,
ese pastel despavorido a medianoche
con mi adorado mar gigante sol azul.

29 de mayo de 2007

CLXIII.- Mira Juntos


Deja esa fétida cosecha reticente
que me secuestra y me perfuma: tibia sal.
Alguna vez me marcharé tan lejos
que si me sigues allá, nunca volverás.

La vanagloria dilapida y concluye
o yo me atrevo en sotavento cardinal.
Si lo decides, algún día nos veremos,
pero seremos de otro techo cielomar.

Será de ti que acaso cientos de guirnaldas
lleve la línea de tu pecho y diré:
que fui perfecto como sólo es perfecto
el clarocéano y silencio, mujer.

28 de mayo de 2007

CLXII.- Romance Paraíso Vendaval


El universo es un idioma indiferente.
Ecosistema, del que somos sólo plan.
Nunca serémosle perfectamente dioses,
por sustantivos y por verbos que se van.

Hojas caídas en el suelo tan romántico:
su diccionario es cementerio general.
El manto espíritu nos habla desde siempre,
nos pertenece y su garganta es litoral.

El hijo canto de capullos peligrosos,
que mueve voces, le sacuden y le dan
su Madre Nuestra, su perfume caprichoso,
es mi follaje de poemas: novedad.

Hoy he parido cacatúas y marranos,
un bosque lleno de hojas nuevas y murmullos,
palabras secas en la palma de lo vano:
soy partidario de inventar sin claudicar.

24 de mayo de 2007

CLXI.- Incomunicárcel


¿Dónde habita el más errático concepto de esa gente
que ha tañido alegremente su campana en libertad?
Rebelémonos abiertamente y nunca renunciemos,
porque el año de las sombras ha llegado a la ciudad.

Yo he debido ser el ávido señero y lastimero,
la morada primorosa de una grande eternidad
conminada a dar razones por tamaña cobardía,
mas sucede que me canso de ser siempre un animal.

No digamos nuevamente que seremos los verdugos
ni observemos con la misma indiferencia aquella ley
que es señal universal de castidad sin dogma
o la hijastra que vivía en el infierno sin hablar.

22 de mayo de 2007

CLX.- Control Z






El maestro que mirando, llora
afirmado en la baranda de popa,
esa estela mar perdida y a la boca,
el consuelo de su vida: una copa.

Hermana, tus palabras cuando llegan a mí:
lo que enteramente ciego desconozco,
sin amigo umbilical ni mal bendigo que salve
a esa vida en un instante insimilar.

Yo querría que la tierra me comiese
o que volviese su bandada al viento,
a donde el águila del horno curso
me llevase hacia el setenta y seis.

Pero perdido en mi delgada aventura,
caminaba lastimero bajo lluvia y cartón,
su filigrana, su morena figura:
todo ha quedado en ataúdes sin flor.

Lo que yo quiero es despertar de pronto,
sin hipoteca ni pituca ni fiaca,
ese pastel despavorido a medianoche
con mi adorado mar gigante sol azul.

19 de mayo de 2007

CLIX.- De nada


Hago entrega libre de todo mi dinero.
Abandono desde ahora mi rigor patrimonial.
Nada me sirve de nada.
¡Qué fastidio colosal!

Ni el sendero que pasa bajo mis pies,
ni el celeste vendaval de la existencia,
ni la fatiga nocturna que hiere mis ojos
me pertenecen.

De nadie soy.
Nada me es.
¡Llévense todo, hermanos!

Y tú, mira ahí, que has olvidado un calcetín.
¿De qué te servirá sólo cubrir el pie derecho?

La casa ya no es mía,
y el perro se escapó.
La sangre abandona mi cuerpo
en el orín de la mañana.

Las hormigas que invadían la cocina
se alejan de mí.
No puedo combatir ni vigilar
y no oigo ruidos.

La pared que separaba mi vida
del pedregal donde decía mi nombre,
y la cubierta de sustancia y multitud
se acaban.

Mi ojos se van,
dando tumbos cuesta abajo
y mis manos,
mi fieles manos me dicen adiós.


10 de mayo de 2007

CLVIII.- Soldado Pedrito Prado



¿Dónde ha quedado la guirnalda inmóvil
y en esa luna casa vieja mi galeón?
¿Qué fue del cándido sonar de los colegios
del beso tibio que jamás conseguí?

Vamos, Maravilla Mar y suéltate,
desempolva tu vestido y ven,
sé mi panal imaginario intrépido
que cual inmensa noche lluvia vuelve a mí.

Tras esa página vertiente, ingenuo
yo chapoteaba siendo niño, y se van
mi bici roja, mi bandido escarabajo,
Camilo trino, campanada y papel.

8 de mayo de 2007

CLVII.- Sublima Peripatética


Sustantiva y radical,
aurora nueva intemporal,
fenoménica influencia
de mi esencia realidad.

Luminar por excelencia
y ser aliento universal:
Estagirita basileo y Rey.

Látigo del mundo sensible,
que mi Mundo Inteligible
es caprichoso menester.

Hay un mundo, un solo mundo
y vericueto es lo demás,
donde flota y no rebota
nuestra esfera individual.

¡Qué magnífico instrumento
de sí mismo fue!
Polisemia de los seres
y aporía de los tres.

7 de mayo de 2007

CLVI.- Ignórolo



Me disculpo arrepentido por creerte una ignorante
que era todo puro chiste y no decía la verdad.
Mas, ahora que lo pienso bien, insisto en mi arrogancia,
me convenzo y lo que dije es cuanto creo, sin dudar.

Una lástima es que sepas y me digas tantas cosas,
porque brilla la alegría en no saber ni conocer
y al mirar que con asombro meditamos lo que ocurre:
nunca sabes cuanto ignoras, y así pásanos, mujer.

Yo que he sido a la distancia y tú conmigo simplemente
tienes toda la ignorancia y la imprudencia que aprender.
Si me dices que los sabes casi todo y mucho más,
yo que sólo sé que poco y nada plenamente sé.

5 de mayo de 2007

CLV.- Mar y Posa



Son los poetas
novelistas perezosos
que ya en la página primera
se rinden.

Y los cuentistas más valientes,
gozosos,
luego de algunas emociones,
dormirán.

Mas el molino de Miguel
y su escudero
vivió en el alma de nosotros
mucho más.

La mariposa es el poema
que canta,
y la novela,
poesía sin final.

4 de mayo de 2007

CLIV.- Persignominia



Áspera se ha dado mi sentina:
soy jauría todo el día sólo yo.
Mi tortuosa podredumbre no culmina,
sino diáspora, y maldita perduró.

Fiero dédalo y opaco sin amigos,
vil maniático Nabucodonosor.
Mi dolor es el dolor enloquecido
que no siente el que no tuvo su calor.

Nimia gárgola en pirámides truncadas
de goloso y oprobioso pundonor.
Fui tan gélido espectáculo en manadas
que he atraído sobre mí desolación.

Dura fábula parece que me viene,
ominosa y rencorosa sin amor,
pero quiero que se piense en mi progenie,
que por ella di la vida con fervor.

3 de mayo de 2007

CLIII.- Toro Cruz



Toro dura que no grita casi nunca
ni en la vida su pesar lloró jamás.
Se aglomera en la prisión sin anestesia,
que la tomó desprevenida y cayó.

Yo fui de ti como serpiente y cobardía,
el trance herido en que me sobrecogí:
fui un estandarte invulnerable, inmaculado,
hasta allá lejos donde tu resurrección.

Recuerda bien aquella luz que nos juramos,
su amor ignoto desde el viento al huracán,
que me he escapado del comercio humano:
no desesperes porque un día volveré.

Y pasaré la noche fría entumecido,
y esperaré dormido al pie de tu jergón,
y caeré contigo al fondo del abismo,
velando al fin tu muerte mía ante la Cruz.

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