¿Cuál es la insensata idea
que hay detrás de siempre irse,
o ese raro afán insano
y peregrino de marcharse?
Como si fuese obligatorio
e impostergable largarse
cual cigüeña clueca y loca
hacia cualquier lugar.
Hacia un sitio que no sea
aquél en el que uno ya está,
la cosa es sólo irse cuánto antes,
aunque nadie sepa a dónde va.
Teniendo ante nosotros el Edén,
el océano perfecto de la vida,
que es el mínimo común vegetal:
la conciencia verdadera y la luz.
Salir de aquí corriendo tonto,
como si el cosmos fuese eterno,
como si lejos en la noche ignota
hubiese praderas para siempre.
Yo quiero cuidar y guardar y atesorar,
proteger, perseverar y congregar,
cautelar y refugiar y deslumbrarme
ante el vértigo belleza en que nací.
No me lleves, porque yo no quiero irme.
No me busques un lugar para vivir.
Porque tengo mi refugio aquí en la tierra.
Solo es cosa de querer la eternidad.

Maldita sea,
me quitaron a mis hijos.
Se los llevaron a una cumbre
donde yo no puedo ir.
Un huracán de sorda inquina
los tragó de mi fermento
y soy lamento, soy ternura,
soy espanto, soy pavor.
No me responden,
si de pronto los saludo.
No dicen nada,
si les digo: cómo están.
No quieren verme:
ya mi amor les da lo mismo,
y soy angustia,
soy delirio, se me seca el corazón.
A veces vienen a mi casa,
una vez o dos al mes,
pero siento aquel abismo
que es la gélida extrañeza
del dolor, y soy coraje,
soy crudeza, soy candor.
Maldita sea,
me quitaron a mis hijos.
Yo que movía cielo y tierra,
mar y siempre por su luz:
les guardaba dos canijos
para el sábado que viene,
los tenía acurrucados
en la mágica guarida
de mi niño corazón.
No sé qué viene luego
porque ahora no comprendo.
No sé bien qué habrá pasado,
qué es aquello que hice mal.
Si no hice bien fue mi desgracia,
¡que me digan cómo fue!
Que haya alguien que lo sepa,
cuándo fue que no les fui.
Si es que todo lo que hice
en largas dulces caminatas
es aquello en que he fallado,
¿cómo el vértigo del alma
fue sargazo en las tinieblas,
una cruz de manto olvido
y lo sustrajo de mi amor?