12 de agosto de 2026
MCCCLIII.- Huérfanochecer Gemido
Maldita sea,
me quitaron a mis hijos.
Se los llevaron a una cumbre
donde yo no puedo ir.
Un huracán de sorda inquina
los tragó de mi fermento
y soy lamento, soy ternura,
soy espanto, soy pavor.
No me responden,
si de pronto los saludo.
No dicen nada,
si les digo: cómo están.
No quieren verme:
ya mi amor les da lo mismo,
y soy angustia,
soy delirio, se me seca el corazón.
A veces vienen a mi casa,
una vez o dos al mes,
pero siento aquel abismo
que es la gélida extrañeza
del dolor, y soy coraje,
soy crudeza, soy candor.
Maldita sea,
me quitaron a mis hijos.
Yo que movía cielo y tierra,
mar y siempre por su luz:
les guardaba dos canijos
para el sábado que viene,
los tenía acurrucados
en la mágica guarida
de mi niño corazón.
No sé qué viene luego
porque ahora no comprendo.
No sé bien qué habrá pasado,
qué es aquello que hice mal.
Si no hice bien fue mi desgracia,
¡que me digan cómo fue!
Que haya alguien que lo sepa,
cuándo fue que no les fui.
Si es que todo lo que hice
en largas dulces caminatas
es aquello en que he fallado,
¿cómo el vértigo del alma
fue sargazo en las tinieblas,
una cruz de manto olvido
y lo sustrajo de mi amor?
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